Legado | La vida , las obras, las enseñanzas y las intimidades del maestro Mario Roberto Álvarez 

Arquitectura 19 de diciembre de 2021 Por Lorena Rodríguez - Arq.

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A diez años de su partida, sus herederos revisan la trayectoria y el legado del arquitecto. Y presentan Bliss, uno de los nuevos megaproyectos de MRA+A en San Fernando.


MARIO ROBERTO ÁLVAREZ. Siempre a favor de la vida, vivió la propia según sus propias reglas.


A diez años de su partida, los herederos homenajean al maestro revisando su legado.

Como lo hacía con la falta de puntualidad, estando en “modo jefe”, penalizaba con un almuerzo al que hablaba de enfermedades o muerte. Toda una postura, no en contra de, sino a favor de la vida. ¡Porque a él le gustaba la vida! No era para menos, dado que, buceando en la suya, se evidencia que podría haber sido inspiración de películas o de novelas. La siguiente sinopsis describe que no es una exageración hacer esta analogía y recordarlo de esa manera.

En 1938, a sus 23 años y con dos Medallas de Oro colgadas al cuello (del Colegio Nacional de Buenos Aires y de la Universidad de Buenos Aires), viajó durante un año, gracias a la beca Ader, por una Europa al borde de la Segunda Guerra Mundial.

Con su morral, sombrero, pluma y libreta de dibujos, Álvarez era una variante arquitectónica de Indiana Jones con una misión: la búsqueda de ejemplos de viviendas económicas y hospitales. Quería aplicarlos en nuestro país, algo que logró en 1939 al obtener el Primer Premio del concurso para el. Esa fue su primera obra.


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Primera obra Sanatorio de la Corporación Médica en 1939 (gentileza MRA+A) 

Los próximos años no serían nada fáciles, la Segunda Guerra Mundial asolaba al mundo, donde en vez de construir, se bombardeaba, lo que no ayudaba a las nuevas ideas. En la cómoda neutralidad de nuestro país, los que podían construir, creían que lo correcto, lo que daba el status y socialmente aceptado, era lo clásico, lo afrancesado. Lo racional y lo moderno parecía inviable.

Como aquel arquitecto de la novela ”El Manantial”, de Howard Roark, cuyo objetivo era hacer su trabajo como él creía que era correcto, sin subordinarse ante nadie, sea cual fuere su posición social o de poder, Álvarez renuncia a dos empleos públicos en donde, justamente por esas razones, no se hallaba. Si bien había logrado en uno de ellos hacer uno de los primeros jardines de infantes del país, prefirió seguir otros caminos.

En 1948, el Ministro de Salud de la Nación, Ramón Carrillo, llama a un concurso de proyecto y precio para la construcción de Centros Sanitarios en varias provincias. La condición era que su estilo fuese colonial, techos de tejas y columnas salomónicas. El concurso lo ganó, pero generando una arquitectura simple y económica. Entre otras tantas cosas, proponía la utilización de materiales del lugar y una clara estrategia climática aplicada para cada provincia. Su propuesta fue sencillamente imbatible. Años después diría: “Firmé en conformidad las bases, sabiendo que no haría jamás edificios coloniales.” Esa convicción y valentía le valdrían lluvias de elogios a dichas obras que hoy se clasifican como patrimonio de un racionalismo regionalista.

En un juego de palabras, la exitosa serie Mad Men define a un grupo de creativos que trabajaban en la Avenida Madison de New York, los cuales eran bastante revolucionarios para su época. Aduciendo a la avenida de referencia el término “mad” (loco, en inglés) traza un paralelismo con esos tiempos de cambio y a las personas que los llevaban a cabo.


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Teatro San Martín (1960)

Entre 1950-1970, Mario Roberto Álvarez (como Don Draper, el personaje principal de la serie) reúne a un grupo de arquitectos y colaboradores, entre ellos: Macedonio Oscar Ruiz, Eduardo Santoro, Leonardo Kopiloff, Carlos Ramos, Victor Satow, Alfredo Gentile, Laura d’huicque y Miguel Rivanera, quien a los 87 años de edad sigue trabajando en el Estudio y es un gran referente de aquella época. Con este equipo se genera una increíble producción arquitectónica, primeros premios en concursos (nacionales y privados) y varios encargos de nuevos clientes.

De este periodo de “los locos de Solís” (calle del histórico Estudio) surgen edificios emblemáticos como la Casa Podestá, el Nuevo Banco Italiano, el edificio de Posadas y Schiaffino, el Teatro y Centro Cultural San Martín, la Bolsa de Cereales, el Banco Popular Argentino, el Teatro Nacional Cervantes, el Túnel Subfluvial, el colegio Belgrano Day School, el primero de los edificios Panedile, el Puente Juan B. Justo, la torre del Club Alemán, la ampliación del Teatro Colón, además de decenas de edificios de propiedad horizontal.

Luego de estas frenéticas dos décadas, a sus 57 años Mario Roberto Álvarez ya era un arquitecto consagrado y más que reconocido. En las próximas dos décadas, la del 70 y 80, el mundo de la arquitectura se convulsiona política, social y económicamente. Vietnam, guerra fría, crisis energética, etc. El mundo occidental incursiona en nuevas ideas y quería tener su propio Zeitgeist. “El espíritu de la época” cuestiona agresivamente al movimiento moderno, al racionalismo y al international style.


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Edificio Somisa (1977) Primer premio concurso nacional

Nace el postmodernismo y se abren algunas vertientes, unas con una base de sustentabilidad arraigada en la tecnología y el brutalismo como el high tech y su primer exponente del 1971, el Centro Pompidou (Renzo Piano y Richard Rogers). Otras vacías de contenido que, quedaron en el olvido, rescataban el pasado arquitectónico haciendo repostería con fachadas románicas o griegas, su exponente máximo, la torre AT&T de Philip Johnson, paradójicamente discípulo de Mies van der Rohe.

Consciente de los cambios tecnológicos y del nuevo espíritu de la época, aunque sin cambiar su visión sobre la esencia de su arquitectura, Álvarez toma la tecnología como medio y no como fin. En un giro sorpresivo, parece adelantarse en el tiempo cuando surgen dos obras icónicas y paradigmáticas. Un poco antes al high tech, la Fábrica Ken Brown (1966) y el Primer Premio del Concurso Nacional para el edificio Somisa (1966) tranquilamente podrían haber sido el germen de ese movimiento.

La vuelta de Howard Roark

A principios de los 70, Álvarez es nombrado Presidente de la Comisión de Estadios y Subsedes para el Mundial de Fútbol 1978. Propuso no construir nuevos estadios sino remodelar los existentes y, con ese ahorro sustancial, hacer nuevos hoteles para afianzar el turismo internacional en el país, siendo el Mundial una oportunidad única para expandir el conocimiento de nuestras tierras. Así mismo, proponía sacar el Tiro Federal frente al Club Atlético River Plate para generar una gran pradera verde que sirviera como espacio para concentración y desconcentración del público masivo.

En principio, tanto la AFA como la FIFA aceptaron la idea pero la renuncia de Stanley Rouse (Presidente de la FIFA 1970/1974) y el cambio de gobierno argentino de mitad de década se opuso enfáticamente al plan, imponiendo todo lo contrario. No dispuesto a negociar sus convicciones, Álvarez renuncia a su cargo.


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Torre IBM en Catalinas (1983) 

Con la valentía de no subordinar sus ideas a ningún poder vuelve a la carga oponiéndose a las autopistas elevadas que planteaba el intendente de Buenos Aires en el gobierno de facto, Brigadier Osvaldo Cacciatore. Junto al Colegio de Ingenieros y a la Sociedad de Arquitectos generó un informe donde exponía las malas experiencias de ciudades como Los Ángeles y Boston, y la negativa de París y Londres a este tipo de infraestructura vial que destruye la ciudad.

La propuesta para impedir el avance de las autopistas sobre Buenos Aires era la inversión en una moderna y extensa red de subterráneos interconectados a los trenes que desalentara el uso del automóvil.

Conocemos la realidad, se realizaron expropiaciones forzadas, se destruyó la trama urbana. Los Ángeles hoy es una ciudad vialmente imposible buscando soluciones en el transporte público. Boston demolió sus autopistas y las hizo subterráneas generando en su superficie grandes parques verdes. De París y Londres, sabemos de su excelente red de subterráneos. Finalmente, el tiempo le dio la razón.

Años después, comentaría; “Por años estuvimos en una lista negra para las muchas obras de todo tipo que se generaron en aquella época: escuelas, parques públicos y edificios de telecomunicaciones, las que se adjudicaban a estudios y empresas constructoras para su ejecución sin concursos ni licitaciones.” Con la vuelta de la democracia, se hizo referencia a ese sistema como “la patria contratista’’. ¿Cuántos de los que hoy hablan de esos oscuros años se hubieran atrevido a tanto?

Paradójicamente, en 1978, el proyecto del Sanatorio Güemes marca otro hito en la arquitectura del Estudio demostrando vanguardia, ductilidad y un desarrollo formal nunca visto en el país e incipiente para el mundo en esos tiempos.

En 1979 irrumpe con otro edificio en medio de todas las cajas de cristal del downtown porteño enroladas en el international style, tan criticado por su consumo energético. Con un concepto tan atípico como innovador para su época, el encargo de IBM Argentina para su casa central hoy podría ser un perfecto ejemplo de arquitectura sustentable. Proponía un basamento que, junto con el volumen principal rodeado de balcones perimetrales, parecía levitar en el aire. Un sueño de Álvarez hecho realidad.

En los 80, la casa central del Banco Río, el edificio de American Express, la Casa Espacio y el aterrazado de Virrey del Pino más una seguidilla de edificios residenciales en Punta del Este (Uruguay) continúan esas líneas formales con un vocabulario propio e inconfundible, explotado por el Estudio durante años.


LE PARC
Torre Le Parc Palermo (1995)

De Jefe a maestro Yoda

Para 1990, con 77 años, Álvarez seguía siendo implacable, primero consigo mismo y luego con el resto del mundo. Era el primero en llegar y el último en irse, siempre impecable, de saco y corbata, puntual al extremo.

Todo, en cuanto al Estudio, él lo sabía.

Su bitácora de viaje, en cuadernos “Arte o Gloria”. Corría, literalmente, por el Estudio todo el día; jugaba al tenis y los sábados recorría obras con su Fiat 1200 del año 1956. Un Spider Cabrío color rojo sangre comprado en Italia que él llamaba “el petiso” y nunca cambió en toda su vida.

Causa gracia hoy día, pero algunos de los que trabajaban con él, sin conocerlo, le temían. Los que lo admiraban y entendían sus mañas y sus tocs, lo respetaban a ultranza. Los que lo querían sinceramente, le seguían el ritmo o lo empujaban para hacer aún más. Eran sus pares y se ganaban su afecto y confianza, descubriendo a ese joven que vivía siempre dentro de él, siempre lleno de anécdotas y de humor.

A su vez, y como contrapunto, no podía con su genio y le nacía siempre al final de una charla el modo paternal, llenándote de consejos. Su pasado era siempre tu futuro ¡por eso siempre la pegaba! Por todo esto, para todos, puertas afuera de su oficina era “el Jefe”.


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Hilton Buenos Aires (2000)

Esa potente imagen también la proyectaba fuera del Estudio. No era una postura ni un personaje, era completamente genuino y consecuente en todo lugar. Por eso, en reuniones de trabajo o con clientes, el Jefe desplegaba toda su experiencia, personalidad, máximas y consejos que podían convencer hasta al más escéptico de los escépticos. Cuando lo lograba, solo con un brillo en sus ojos y una sonrisa cómplice hacia sus pares lo decía todo. Y nada se agregaba si de batallas se trataba.

Llevar un Estudio de tal magnitud no era, ni es, algo simple. Se necesita de un temple especial, más con lo que significa como marca. “Las victorias son de todos y los errores, míos”, es la frase que sintetiza claramente la responsabilidad de llevar el timón.

Luego de obras como el edificio residencial Libertador 4444, la torre Le Parc, la Universidad de Belgrano, la Casa Tomasini y la Casa Román, llegó su cumpleaños número 80 en 1993. Visionario como siempre, hizo un clic y comenzó a darle más protagonismo a su hijo Mario Roberto Álvarez, “Bimbo”, y a Hernán Bernabó.

Ya como socios del Estudio, en ellos se apoyó y comenzó a delegarles la organización, el lápiz, el trato con los clientes y la búsqueda de nuevas cuentas que dieron impulso a una nueva etapa del Estudio, con el armado de nuevos equipos de trabajo: estudiantes pasantes, jóvenes recién recibidos. (F/Clarín/FS-Arq.)


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