Hábitat: ¿Quedarse en casa? Una deuda en América Latina

Sociedad 26 de noviembre de 2021 Por Mariana Segura -Arq.

En Argentina y el resto de Latinoamérica, la pandemia visibilizó la cara más cruel del hábitat:  la desigualdad en el acceso a viviendas, territorios y condiciones sanitarias adecuadas. Es momento de re-pensar el Hábitat desde la experiencia de los barrios populares.


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Mariana Segura / Es Directora de Mejoramiento de Barrios y del PROMEBA, en la Subsecretaría de Hábitat de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires (Ministerio de Desarrollo) y docente de Teorías Territoriales en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNLP.  


Cuando hablamos de hábitat, abarcamos todos los espacios que conocemos: territorios, ciudades, zonas rurales y naturales. También nos estamos refiriendo a las relaciones humanas que ellos generan. Es que el hábitat incluye todos los espacios necesarios para que cada grupo de personas pueda desplegar su vida.

La pandemia del COVID-19 cambió nuestra forma de habitar. Los límites a las grandes concentraciones y el uso del transporte público;  las nuevas modalidades para ir a la oficina;  el circular con barbijo; la cancelación de situaciones cotidianas para compartir, como el mate;  son varias de las cuestiones que redefinieron cómo vivimos.

Sin embargo, no es la primera vez que esto ocurre: en el siglo pasado, en los países centrales hubo epidemias que también transformaron profundamente las formas de construir y habitar las ciudades. Ante la necesidad de reducir el contagio, se empezó a prestar atención a la limpieza pública, se modificó la infraestructura de las urbes para dar mayor amplitud a calles y avenidas, comenzó la forestación urbana y se limitó la cantidad de personas convivientes en una misma habitación.

La pandemia actual nos mostró nuevamente que el hábitat es clave para el cuidado de la vida, aunque no es igual en todos los territorios. Tomando de ejemplo la salud, mientras los países centrales -a causa de sus privilegios auto asignados- concentraron la mayor cantidad de vacunas, en Latinoamérica hubo políticas de salud pública desiguales: algunos Estados se desentendieron de la vida de sus propios pueblos, otros dieron respuestas sanitarias creativas y algunos eligieron asumir la responsabilidad de evitar catástrofes. Estas grandes asimetrías pusieron obscenamente en evidencia que no todas las personas pueden acceder ni cumplir con las medidas necesarias de cuidado y prevención.

Por las mismas causas, hace tiempo que gran parte de la población de las ciudades latinoamericanas vive hacinada, sometida a la contaminación, al déficit de vivienda y a la falta de servicios públicos por ausencia de políticas de Estado. Claro está que en estas condiciones no es posible vivir y menos, enfrentar una pandemia.

La situación argentina

En nuestro país esta situación no es nueva, es histórica y estructural. Muchas familias perdieron acceso al suelo con legislaciones surgidas durante las dictaduras militares, cerrando definitivamente la posibilidad de habitar una vivienda apta.

En los barrios populares, que ya acumulaban años de privaciones,  la pandemia golpeó más fuerte, especialmente dónde las casas son insuficientes para el completo desarrollo de la vida y gran parte del quehacer se desarrolla en el espacio público.

A la par que el Estado asumía el compromiso de reforzar el sistema de salud asignando la mayoría de los recursos, en los barrios fue necesario pelear esta crisis desde otro lugar.  Los referentes y, principalmente, las referentas, que en mayoría perdieron su trabajo -condicionados por la distancia territorial con sus puestos formales e informales-, armaron ollas populares, velaron por el cumplimiento de las medidas de cuidado y acompañaron a sus hijos e hijas para continuar con la escuela a través de celulares con poca señal o crédito.

Esta cuestión nos muestra que la localización de la vivienda familiar es otra de las desigualdades que se viven en nuestras ciudades, ya que una persona que habita en un espacio que cuenta con acceso a transporte público, menor tiempo de viaje y comercios de cercanía se encuentra en gran ventaja sobre otra  que invierte varias horas del día en movilizarse hacia su lugar de trabajo.

¿Hacia dónde vamos?

En Europa, que no posee barrios populares como Latinoamérica, hoy en día se habla de “la ciudad de los 15 minutos”, un espacio donde se pueda trabajar, vivir y disfrutar a poca distancia del hogar. Esto surge, no sólo como respuesta a la pandemia, sino también como forma de pensar las ciudades con perspectiva de género, porque permite entrelazar las tareas de cuidado con las productivas y promueve un reparto equitativo de ambas.
Otra propuesta son las “súper manzanas”, que, en grupos de nueve, re-definirían calles internas para que pasen a ser espacios de circulación limitada, con actividades comunitarias y grandes mejoras ambientales.

En ambas situaciones se enfrentan problemas preexistentes: en la primera se buscará la descentralización y en la segunda, recuperar la calle como espacio comunitario.

¿Qué deberíamos pensar para nuestras ciudades?

Por un lado, si pensamos en la cantidad de habitantes del conurbano que trabajan en la Capital -y que no podrían desarrollar los mismos trabajos en sus barrios porque no existen los recursos-, la primera propuesta sería casi imposible. La segunda opción también, dado que las súper manzanas servirían para ciudades formales consolidadas, y no sería posible adaptarlas a barrios populares, donde el principal problema es el acceso al suelo.

Ambas ideas “adaptadas” a nuestro contexto podrían ser inspiradoras, solo que es necesario que empecemos a pensar en soluciones enfocadas en las ciudades latinoamericanas. Si importamos modelos europeos, por más interesantes que sean, corremos el riesgo de profundizar nuestra desigualdades territoriales, transformando unos sectores a costa de otros.


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